En un mundo en constante transformación, las organizaciones deben ser sensibles a su entorno y adelantarse a los cambios, si quieren sobrevivir.
01 de noviembre 2014

Talento y Pasión

Esto, que pudiera parecer el título de una novela de Jane Austen, es la fórmula que varios investigadores han descubierto como la activadora de la motivación intrínseca, es decir, de aquella que se relaciona con el trabajo en sí, y no con los factores que lo rodean (sueldo, prestaciones, ambiente laboral y otros similares).

Ya lo había dicho Frederick Herzberg, al hablar del enriquecimiento del trabajo, de la importancia de hacer lo que a uno le gusta y, claro, de la motivación intrínseca misma; también lo sostuvieron varios de los defensores del liderazgo situacional, como Blanchard y Reddin, al señalar que el poder (capacidad) y el querer (actitud) son los componentes básicos de la madurez de los colaboradores; y, más recientemente, Ken Robinson presenta esta tesis en su libro “El Elemento” (Grijalbo, 2009).

De una u otra forma, todos ellos afirman que el mejor desempeño posible, el que va a lograr incluso que las personas le agreguen valor a su trabajo y no sólo se conformen con hacer lo que estrictamente se espera de ellas, es el que se genera de la combinación de las dos variables mencionadas: talento y pasión. Las dos se tienen que dar para que el resultado verdaderamente sea diferente.

El talento es el conjunto de conocimientos, habilidades, experiencia, competencias y potencial, que hacen que alguien sea especialmente apto para realizar un trabajo o actividad determinados. Esto se relaciona, entre otras cosas, con las llamadas inteligencias múltiples: dependiendo de cuál de las ocho descubiertas hasta ahora predomine en la persona, ésta tendrá una mayor facilidad para desarrollar las habilidades asociadas a ella.

La pasión es el gusto con el que se lleva a cabo la actividad, y el compromiso que se tiene para realizarla lo mejor que se pueda. Cuando aparece este elemento, toda la energía se canaliza a hacer lo que se quiere, superando los obstáculos de cualquier tipo que pudieran presentarse.

Combinación perfecta

Si falta una de las dos variables, el encanto se pierde. El talento sin pasión no sirve porque la persona, o no lo aplicará, o lo hará de manera desganada. Todos hemos conocido casos en los que alguien es muy bueno para una actividad determinada, como por ejemplo el dibujo, pero no le gusta dibujar, por lo que prefiere hacer otras cosas para las que no tiene tanta facilidad. Aquí nos encontramos ante un lamentable desperdicio de talento y de recursos.

También es fácil encontrar la situación contraria, en la que una persona se siente particularmente atraída por alguna actividad, como podría ser la ejecución de un instrumento musical, pero por más clases que tome o mucha práctica que ejercite, no pasa de tener un dominio razonablemente bueno de él, sin lograr la maestría, y mucho menos el genio.

Se habla mucho de que las organizaciones tienen que saber detectar y desarrollar el talento, ya que de ello dependerá en buena medida su competitividad. Esto, evidentemente, no se puede cuestionar: se requiere de gente que sepa hacer bien las cosas, que tenga un desempeño óptimo y que logre los objetivos fijados; que actúe con habilidad y con iniciativa, que sea capaz de resolver los problemas que se presenten y de tomar decisiones con conocimiento de causa.

Sin embargo, de acuerdo a lo dicho anteriormente, hay que buscar también gente con pasión, que ame lo que hace, que lo haga con gusto y que lo vea como una oportunidad de realización y de trascendencia, tanto profesional como personal. Para quien verdaderamente disfruta de su trabajo, no hay una separación tajante entre estos dos planos: ambos son importantes y complementarios. Para algunos, la vida empieza después del trabajo; para los que sienten pasión, el trabajo es parte de la vida, y proporciona tantas satisfacciones como otras actividades.

Saber encontrar a la gente correcta para el lugar correcto es, entonces, uno de los principales retos organizacionales. Puede marcar la diferencia entre un desempeño de excelencia y uno de rutina o, peor aún, deficiente.

Pensemos por ejemplo en algunas profesiones especialmente delicadas, como las relacionadas con la salud, la seguridad o la educación básica. Así como todos conocemos enfermeras, por citar una de estas profesiones, entregadas a su trabajo y a sus pacientes, conocemos también a muchas que hacen su tarea mal y de malas (o bien, pero de malas, o de buenas, pero mal), con lo cual, lejos de facilitar, dificultan la pronta recuperación de quien está a su cuidado.

Quizás, en última instancia, la conjugación del talento y la pasión sea el auténtico significado de la palabra “vocación”, que etimológicamente significa algo así como “aquello para lo que se es llamado”.

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