Archivo por días: mayo 26, 2010

Actitudes ante el cambio

Es mucho lo que se ha investigado, hablado y discutido alrededor del tema de la resistencia al cambio. Por extraño que pueda parecer, el hecho de vivir en una época en la que las cosas se transforman a una velocidad impresionante, y en la que predecir lo que va a suceder es poco menos que imposible por la gran cantidad de variables que inciden para determinar el curso de los acontecimientos, no necesariamente hace que las personas en general vean al cambio como algo natural y reaccionen a él de la misma forma.

De hecho, mientras más incertidumbre genera un cambio, o mientras menos se le ven los beneficios, mayor es el nivel de resistencia que despierta. Esto no podría ser de otra forma, si además consideramos la natural tendencia a permanecer en la llamada zona de confort de la mayoría de las personas. Hay hasta dichos que ilustran esta preferencia por la comodidad de la rutina y del control sobre las circunstancias. Uno de ellos es el conocido “para qué tantos brincos estando el suelo tan parejo”; otro, el no menos famoso “más vale malo por conocido…”

Sin embargo, también hay quienes no sólo no le temen al cambio, sino incluso sienten atracción por él, o por lo menos son conscientes de que hay cosas que no pueden permanecer iguales todo el tiempo, y están dispuestos a salir de la zona de confort.

En un proceso de cambio, entonces, encontramos todo tipo de actitudes hacia él; si bien es probable que sean más las personas que se le resistan, también es cierto que siempre habrá quien lo apoye, o por lo menos, quien no se oponga a que se de.

Del rechazo a la proactividad

Dentro de las diferentes actitudes que encontramos ante el cambio, la más radical es el rechazo, u oposición activa. Las personas que la asumen hacen todo lo posible por evitarlo: protestan, esgrimen argumentos en contra o, incluso, intentan boicotearlo de diversas maneras.

A veces esta resistencia es manifiesta, con lo que lo promotores del proceso por lo menos pueden identificar claramente al enemigo, pero en otras ocasiones se da por debajo del agua: aparentemente el individuo o grupo están conformes, pero hacen todo lo posible por echar abajo el intento, en la clandestinidad, en lo que podría ser el equivalente organizacional a una guerra de guerrillas.

Indudablemente, esta clase de resistencia, la de los opositores activos, es la más peligrosa porque implica acciones concretas para abortar el intento de cambio. Lo que pretenden en última instancia es que el futuro sea una mera reproducción, o prolongación, del pasado.

La segunda actitud que se puede identificar es la resistencia pasiva, que consiste en oponerse al proceso sin luchar contra él: simplemente, no se le apoya. Esta actitud generalmente se deriva del escepticismo, es decir, de la falta de credibilidad en el proceso o en quienes lo promueven.

La tercera es la indiferencia. Cuando a la gente le da lo mismo que pase una cosa u otra porque no ve una diferencia sustancial entre ambas, hace lo que se conoce como “nadar de muertito”. Aunque podría pensarse que, usando el lenguaje de Kurt Lewin, los indiferentes no son una fuerza ni restrictiva ni impulsora, la verdad es que están más cerca de la primera que de la segunda.

La cuarta actitud es el apoyo pasivo: estoy de acuerdo con el cambio, hago lo que me pides pero no aporto más que eso. Quienes así actúan contribuyen a que el proceso se de, pero no le agregan valor. Casi se podría decir que es una posición conformista: si no hay de otra, lo hacemos.

Finalmente, están las personas que asumen una actitud responsable, proactiva, entusiasta, ante el cambio. Pueden ser los que lo impulsan, o los que, sin haberlo iniciado, se muestran optimistas ante él, lo apoyan decididamente, aportan y contribuyen a su éxito. Estas son las verdaderas fuerzas impulsoras del cambio organizacional.

Es evidente que la estrategia a seguir ante cada una de estas actitudes es diferente, y va desde prescindir de los opositores activos, en caso de que no sea posible convencerlos, hasta aprovechar a los entusiastas para que actúen como punta de lanza y hagan que los resistentes pasivos, los indiferentes y los apoyadores pasivos, se convenzan de las ventajas del proceso y lo terminen apoyando decididamente.

Será difícil emprender el cambio, y pretender que funcione, si no se tiene una idea clara de cuántas y quiénes son las personas que pertenecen a los grupos referidos, y si no se elabora una estrategia para cada uno de ellos.