400 palabras

Hace algunos años, en el diario Reforma se hizo referencia a una investigación que dio como resultado que el promedio de los mexicanos maneja un promedio de 400 palabras. Aunque resulta muy difícil saber el número exacto de palabras que conforman el idioma español, se calcula que anda en el rango de las 350 mil. Sin duda, arreglárselas con sólo 400 es una muestra del grave problema que tenemos en nuestro país en materia educativa.

Hay que partir del hecho de que somos lo que traemos en la cabeza, y lo que traemos es producto en parte de nuestras experiencias de vida, y en parte de lo que aprendemos de diferentes fuentes, entre las que se encuentran la educación formal y la lectura. Respecto a la segunda, las cifras distan mucho de ser halagüeñas: el promedio de lectura oficial en México es de 1.2 libros al año per cápita, cuando la UNESCO recomienda leer un mínimo de cuatro textos anuales para un sano desarrollo de la sociedad. Cuando hablamos de países desarrollados como Inglaterra o Francia, el índice alcanza los 20 libros al año, y llega a 50 en los países escandinavos.

La SEP considera que las librerías, donde se concentran los intereses de lectura por libre elección, son el eslabón más débil de la cadena del libro por su reducido número: en México hay una librería por cada 71 mil habitantes, mientras que en otros países, como España y Argentina, hay una por cada 10 mil y 19 mil habitantes, respectivamente. ¿Cuál será el huevo y cuál la gallina; hay pocas librerías porque se lee poco, o es al revés?

Este dato sobre el índice de lectura tan bajo, que ya de por sí es desalentador, lo es aun más si consideramos que las lecturas que se hacen para acreditar las materias escolares están muy por encima de la lectura de textos de libre elección: quienes más leen son los jóvenes de 18 a 22 años, seguidos por los de 12 a 17. En otras palabras, leer es algo mayormente vinculado con la actividad escolar, y generalmente se deja de hacer en cuanto las personas terminan sus estudios formales.

Lectura “chatarra”

Resulta tan interesante como digno de preocupación el saber que en México, el que no se lean libros no significa que no se lea, ya que otras publicaciones tienen una enorme audiencia. Por ejemplo, una de las más conocidas revistas dedicadas a presentar los chismes y escándalos de la farándula, tiene un tiraje de 780 mil ejemplares semanales. Si además consideramos que cada uno de esos ejemplares es leído por un promedio de 4 personas, el universo de lectores de esa publicación supera los 3 millones por número.

También se lee una cantidad de cómics impresionante. Dos de los más conocidos, uno de carácter policíaco y otro de tinte vaquero, superan, cada uno, el medio millón de ejemplares semanales. Como dato curioso adicional, el famosísimo Kalimán llegó a tirar dos millones de ejemplares por semana.

Pero no sólo las revistas de la farándula y los cómics desplazan a los libros: también la televisión resulta una importante rival, ya que el promedio diario de exposición a ella en México es de 4 horas y 36 minutos. ¿Qué tiempo puede quedar para leer después de pasar el equivalente a más de media jornada laboral sentado frente al televisor?

Aunque podría pensarse que muchos lectores han sustituido al libro por Internet, no es así, ya que los hogares mexicanos que cuentan con computadora, apenas llegan al 20 por ciento del total; además, el acceso a la red sigue un patrón similar al de la lectura de libros: la mayor penetración se da entre personas de 12 a 19 años de edad, seguida por las de 20 a 24.

Para completar el cuadro, se puede añadir que la OCDE ha encontrado que más del 40 por ciento de la población estudiantil mexicana que ha presentado la prueba del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA, por su nombre en inglés), tiene un nivel uno o menor de lectura: “Luego de ocho años de escolaridad, esta población fue incapaz de demostrar niveles de lectura y escritura que alcanza la media en la primaria”.

¿Qué hacer ante esta realidad? ¿Se puede ser realmente competitivo en el plano internacional cuando el nivel educativo promedio es tan bajo? Ikram Antaki tituló a uno de sus libros, dedicado al análisis de nuestro país, “El pueblo que no quería crecer”. Ojalá que se haya equivocado, porque la primera condición para que el cambio se de, es reconocer la situación actual y quererlo llevar a cabo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *