En un mundo en constante transformación, las organizaciones deben ser sensibles a su entorno y adelantarse a los cambios, si quieren sobrevivir.
20 de mayo 2012

Archivo de enero 26, 2012

Propensión al progreso

Jueves, enero 26, 2012

En este año crucial para los mexicanos, en el que se tomarán decisiones que definirán el rumbo que seguiremos a futuro, es importante que nos ubiquemos en el contexto global en el que tienen que competir tanto el país como las organizaciones que operan en él.

A veces nos olvidamos de que no estamos solos, de que en el mundo las naciones se han vuelto cada vez más interdependientes, y de que hay algunas cosas que se deben hacer y otras que se deben evitar, si se quiere progresar.

Por esta razón resulta especialmente interesante conocer la tipología elaborada por el Instituto de Cambio Cultural de la Escuela Fletcher de la Universidad de Tufts. De hecho, resulta interesante por dos razones: una, porque presenta los valores culturales que muestran la propensión al progreso de una sociedad; otra, porque en ella se basa el Centro de Investigación para el Desarrollo, A.C. (CIDAC) para llevar a cabo la Encuesta de Valores México.

En cuanto a los valores, una cultura orientada hacia el progreso es, en primer lugar (entorno ético y legal) aquella en la que se respetan las reglas (es decir, se muestra una buena conducta social), se exigen cuentas a las autoridades y se cumple la ley.

En segundo lugar (entorno social), es en la que hay equidad y no discrecionalidad a favor de los poderosos, e igualdad de responsabilidades (relaciones ganar-ganar y no juegos de suma cero),

En tercer lugar (entorno laboral y económico), la orientación al progreso se evidencia en el reconocimiento del mérito por encima del favoritismo o de criterios subjetivos; en la competencia leal para obtener un mejor empleo o posición; en el hábito del ahorro; en la disposición a tomar riesgos, y en el espíritu emprendedor.

En cuarto lugar, en aspectos diversos, como lo son la igualdad de género, el control de la natalidad, la separación de la Iglesia y el Estado, la solidaridad que nace del sentido de identidad, y la preocupación por el futuro.

A partir de estas dimensiones se elaboró la encuesta y se aplicó a una muestra representativa de la población de nuestro país; los resultados más recientes se publicaron el año pasado.

País de contrastes

Independientemente de que es importante echarle un ojo al reporte completo, hay algunos resultados que vale la pena destacar, sobre todo de cara al reto que tienen enfrente nuestras organizaciones para desarrollar una clase mundial.

Antes que nada, se reafirma lo que no debe ser ya noticia para nosotros: no hay un México, sino varios. Nuestra manera de percibir la realidad y de actuar ante ella puede variar mucho, dependiendo de la edad, del género, del nivel socioeconómico, del grado de educación y hasta de la región geográfica.

En términos generales, se puede decir que en un extremo está el México tradicional, que ve las cosas como si el contexto fuera el mismo que hace décadas o incluso centurias, y en el otro el México que quiere cambiar y modernizarse para estar a la altura de los tiempos.

Lo interesante es que, al menos por lo que la gente manifiesta en sus respuestas, pareciera que poco a poco, el México moderno, o con aspiraciones de modernidad, va abarcando a una mayor cantidad de gente. Lo preocupante es que, también en opinión de los respondientes, pareciera que muchas leyes, instituciones y autoridades no avanzan en ese sentido, lo que las vuelve obsoletas y hasta retrógradas.

Anima el ver que el 64% de las personas considera que es más importante el futuro que el pasado, y que, aún cuando al 43% todavía le angustia tomar riesgos, a uno de cada tres (32%) le emociona hacerlo. Incluso un 46% dice preferir la emoción de un negocio propio a la tranquilidad de un empleo (que es preferida por un 35%).

También hay una visión mucho más moderna ya del rol de la mujer: el 80% de las personas considera que la mujer tiene la misma posibilidad que el hombre para salir adelante en la vida, si bien preocupa que todavía un 18% cree que el hombre es superior a la mujer.

Respecto al trabajo, un 69% no lo ve como medio de realización, sino de supervivencia (lo que concuerda con el 53% que expresa que su ingreso apenas le alcanza para vivir).

Las diferentes propuestas políticas que se harán este año de cara a las elecciones, no deberían pasar por alto que el México de hoy ya no es el que era antes, y que poco a poco, menos rápidamente de lo deseable pero de manera irreversible, los ciudadanos tenemos una mayor conciencia de lo que queremos ser y de cómo queremos ser tratados. Ojalá estas propuestas estén a la altura del país que emerge.

Verticalidad y agresividad

Jueves, enero 26, 2012

El revuelo causado estos días por la circulación de un video en las redes sociales, en el que se muestra el maltrato verbal y físico que un empresario da a un valet parking, obliga a reflexionar acerca de un tema importante y delicado tanto en el contexto de la cultura nacional como en el de la organizacional: el de la discriminación, la prepotencia y el poco o nulo respeto a la dignidad de las personas.

Sabemos bien que nuestras relaciones en general, tanto en el ámbito familiar, como social, como laboral, son verticales. Ya desde hace varias décadas, diferentes estudios, como por ejemplo el que realizó Geert Hofstede en más de 50 países, encontraron que en el nuestro tenemos un alto índice de distancia frente al poder, lo que significa que tendemos a creer que quienes están “arriba” tienen derechos extraordinarios sobre los que están “abajo” (padres sobre hijos, maestros sobre alumnos, jefes sobre subordinados, gobernantes sobre gobernados).

En una sociedad caracterizada por el principio de autoridad-obediencia, se considera que aquellos a los que “les toca” obedecer, deben hacerlo porque quienes mandan están legítimamente facultados para ello (sea esto cierto o no).

Pero en una cultura como la nuestra, a la que hay que agregar a la distancia frente al poder la discriminación racial y social, se considera también que, de alguna manera, o de varias, los que tienen que obedecer son inferiores a los que los mandan.

A veces esto se manifiesta sutilmente, como cuando el “superior” se adjudica la prerrogativa de hablarle de tú al “inferior” (el comensal al mesero, el cliente al personal de servicio, la señora a la trabajadora doméstica, el jefe a los que le reportan o a los que están en otro nivel jerárquico), pero por supuesto le niega ese mismo derecho al otro.

También hay veces en que la distancia frente al poder y el trato vejatorio no son tan sutiles, porque implican ofensas y agresiones dirigidas a la persona, o a la actividad que la persona desempeña, o a ambas. Una clara muestra de ello es utilizar epítetos como “indio”, “gato”, “prole” u otros parecidos. Cuando todo esto llega al extremo, puede darse incluso el ataque físico.

Problema doble

Lo grave del problema es que se da por partida doble: por un lado, hay alguien que trata a otro de forma tal que pisotea su dignidad; pero por otro lado, hay también alguien que permite que su dignidad sea pisoteada, por las razones que sean (temor a la fuerza y poder del otro, o a perder su empleo, o, lo que es peor, creencia de que el agresor es realmente superior a él y por lo tanto tiene derecho a maltratarlo). Esto se observa claramente en el video aludido, cuando ni el agredido se defiende, ni es defendido por sus compañeros.

Para que terminen estas situaciones que a todos nos disgustan, será necesario que ambas partes, la que se siente superior y la que se ve como inferior, cambien su autopercepción y su percepción de los demás.

En muchas organizaciones, desgraciadamente, se observan actitudes y conductas similares a las descritas. Los jefes se sienten por encima de sus subordinados, no solo en el organigrama, sino también en su “calidad” como personas. Esto se da desde el nivel de dirección (no por nada a quienes están ahí se les conoce como “el Olimpo”) hasta el de supervisión.

Con frecuencia el personal operativo se queja del trato que recibe de sus jefes inmediatos, porque, según sus propias palabras, éstos últimos creen que mientras más fuerte se lleven con ellos (lo que significa hablarles con palabras altisonantes e incluso insultarlos), mejor será la relación.

Por increíble que parezca, eso sucede; lo que no saben esos jefes, porque nunca se preocupan por pedir la retroalimentación de su gente, es que las cosas no son así, y que el hecho de humillar a alguien, lejos de contribuir a que la relación mejore, genera malestar y rencor, que finalmente se ven reflejados negativamente en el compromiso y en el desempeño de los colaboradores.

Una de las principales funciones de Recursos Humanos debe ser precisamente la de evitar a toda costa este tipo de abusos, de maltratos y de ofensas a la dignidad de las personas. Más que el cumplimiento de los aspectos formales de la administración del personal, tiene que asegurar el respeto a la gente y la creación de un clima de trabajo caracterizado por la equidad y la ausencia de cualquier forma de discriminación.

Ojalá que de lo malo se derive algo bueno, y el penoso incidente que ha indignado justamente a miles de personas sirva para cambiar uno de los aspectos más vergonzosos de nuestra cultura.