El revuelo causado estos días por la circulación de un video en las redes sociales, en el que se muestra el maltrato verbal y físico que un empresario da a un valet parking, obliga a reflexionar acerca de un tema importante y delicado tanto en el contexto de la cultura nacional como en el de la organizacional: el de la discriminación, la prepotencia y el poco o nulo respeto a la dignidad de las personas.
Sabemos bien que nuestras relaciones en general, tanto en el ámbito familiar, como social, como laboral, son verticales. Ya desde hace varias décadas, diferentes estudios, como por ejemplo el que realizó Geert Hofstede en más de 50 países, encontraron que en el nuestro tenemos un alto índice de distancia frente al poder, lo que significa que tendemos a creer que quienes están “arriba” tienen derechos extraordinarios sobre los que están “abajo” (padres sobre hijos, maestros sobre alumnos, jefes sobre subordinados, gobernantes sobre gobernados).
En una sociedad caracterizada por el principio de autoridad-obediencia, se considera que aquellos a los que “les toca” obedecer, deben hacerlo porque quienes mandan están legítimamente facultados para ello (sea esto cierto o no).
Pero en una cultura como la nuestra, a la que hay que agregar a la distancia frente al poder la discriminación racial y social, se considera también que, de alguna manera, o de varias, los que tienen que obedecer son inferiores a los que los mandan.
A veces esto se manifiesta sutilmente, como cuando el “superior” se adjudica la prerrogativa de hablarle de tú al “inferior” (el comensal al mesero, el cliente al personal de servicio, la señora a la trabajadora doméstica, el jefe a los que le reportan o a los que están en otro nivel jerárquico), pero por supuesto le niega ese mismo derecho al otro.
También hay veces en que la distancia frente al poder y el trato vejatorio no son tan sutiles, porque implican ofensas y agresiones dirigidas a la persona, o a la actividad que la persona desempeña, o a ambas. Una clara muestra de ello es utilizar epítetos como “indio”, “gato”, “prole” u otros parecidos. Cuando todo esto llega al extremo, puede darse incluso el ataque físico.
Problema doble
Lo grave del problema es que se da por partida doble: por un lado, hay alguien que trata a otro de forma tal que pisotea su dignidad; pero por otro lado, hay también alguien que permite que su dignidad sea pisoteada, por las razones que sean (temor a la fuerza y poder del otro, o a perder su empleo, o, lo que es peor, creencia de que el agresor es realmente superior a él y por lo tanto tiene derecho a maltratarlo). Esto se observa claramente en el video aludido, cuando ni el agredido se defiende, ni es defendido por sus compañeros.
Para que terminen estas situaciones que a todos nos disgustan, será necesario que ambas partes, la que se siente superior y la que se ve como inferior, cambien su autopercepción y su percepción de los demás.
En muchas organizaciones, desgraciadamente, se observan actitudes y conductas similares a las descritas. Los jefes se sienten por encima de sus subordinados, no solo en el organigrama, sino también en su “calidad” como personas. Esto se da desde el nivel de dirección (no por nada a quienes están ahí se les conoce como “el Olimpo”) hasta el de supervisión.
Con frecuencia el personal operativo se queja del trato que recibe de sus jefes inmediatos, porque, según sus propias palabras, éstos últimos creen que mientras más fuerte se lleven con ellos (lo que significa hablarles con palabras altisonantes e incluso insultarlos), mejor será la relación.
Por increíble que parezca, eso sucede; lo que no saben esos jefes, porque nunca se preocupan por pedir la retroalimentación de su gente, es que las cosas no son así, y que el hecho de humillar a alguien, lejos de contribuir a que la relación mejore, genera malestar y rencor, que finalmente se ven reflejados negativamente en el compromiso y en el desempeño de los colaboradores.
Una de las principales funciones de Recursos Humanos debe ser precisamente la de evitar a toda costa este tipo de abusos, de maltratos y de ofensas a la dignidad de las personas. Más que el cumplimiento de los aspectos formales de la administración del personal, tiene que asegurar el respeto a la gente y la creación de un clima de trabajo caracterizado por la equidad y la ausencia de cualquier forma de discriminación.
Ojalá que de lo malo se derive algo bueno, y el penoso incidente que ha indignado justamente a miles de personas sirva para cambiar uno de los aspectos más vergonzosos de nuestra cultura.



