Archivo por días: octubre 11, 2017

Nosotros y los otros

Todos los estudios que se han hecho sobre la forma de ser de los mexicanos, coinciden en que estamos culturalmente orientados hacia el grupo y las relaciones, es decir, en que somos colectivistas.

Sin embargo, también se ha sostenido que ese gregarismo, si es que realmente lo hay, no se manifiesta en el apoyo y la colaboración que deberían desprenderse de él (excepto cuando alguna tragedia dispara nuestro sentimiento de solidaridad); por el contrario, pareciera que nuestra vocación natural es el más recalcitrante individualismo.

Para demostrar este argumento, se esgrimen ejemplos como el de los cangrejos en la cubeta y el de nuestra ancestral incapacidad para sobresalir en deportes de equipo.

¿Cómo conciliar estas dos formas opuestas de vernos? La verdad es que, por extraño que parezca, ambas tienen razón, al menos en parte, dependiendo del cristal con el que miremos nuestra forma de ser y de relacionarnos con los demás.

Por un lado, no puede negarse que tenemos una fuerte necesidad de pertenencia, de sentirnos aceptados y arropados por una familia que, por cierto, es de las más extendidas del mundo, y de llevar a cabo actividades sociales de todo tipo, a las que la asistencia de quienes queremos que participen es, prácticamente, obligatoria.

Por otro, nos resulta muy difícil trabajar en equipo, y nuestras organizaciones, lejos de ser sistémicas, es decir, integradas y con un claro sentido de interdependencia entre las partes, son más bien auténticas torres de Babel, en las que la división entre las áreas funcionales es marcada, y a menudo deriva en una rivalidad que obstaculiza el logro de los objetivos comunes.

Esta división y rivalidad se pueden explicar por el hecho de que tenemos una tendencia a distinguir entre “nosotros” (quienes pertenecen al grupo) y “los otros”, y a dar nuestra lealtad incondicional a los primeros, viendo como extraños, si no es que como enemigos, a los segundos. A esto se refería el doctor Díaz Guerrero cuando afirmaba que en las empresas mexicanas, más que equipos encontramos muchas veces camarillas.

Por su parte, la dificultad para trabajar en equipo se debe con frecuencia a que las camarillas tienen valores y características muy diferentes a los del equipo y, ciertamente, un entendimiento muy distorsionado de lo que este último es.

Premisas del trabajo en equipo

A fin de no confundir a los equipos con las camarillas, en las organizaciones se deberían considerar muy en serio cuatro premisas relacionadas con los primeros.

Habría que empezar por la siguiente: integrarse no es quererse, sino aprender a trabajar juntos. Es muy común que se piense que lo más importante que un equipo tiene que lograr, y a veces casi lo único, es que sus miembros se vuelvan amigos; consecuentemente, los ejercicios de integración están encaminados a despertar estos sentimientos, antes que a sentar las bases y establecer los acuerdos que permitan alcanzar conjuntamente los resultados esperados.

Una cosa es que las personas se respeten, se tengan confianza y colaboren unas con otras, y una muy distinta es que se quieran. Incluso, y este es uno de los problemas de las camarillas, demasiado amor puede ser contraproducente para el equipo, ya que se inhibirá la confrontación cuando es necesario practicarla, y se solapará la ineficiencia, y hasta cosas peores, en aras de la amistad.

La segunda premisa es que la responsabilidad compartida siempre será responsabilidad diluida. Si en el equipo no está muy clara la contribución de cada quien para el logro de los objetivos comunes, no se podrá pedir cuentas a nadie en el momento en que las cosas no se hagan. Esto implica claridad en los roles y en los objetivos individuales, así como en los indicadores que se utilizarán para medir el desempeño de las personas y del equipo mismo.

La tercera es que el conflicto es necesario, lo que significa que un elemento fundamental para la mejora del equipo y de sus resultados, es que los diferentes puntos de vista y opiniones se discutan de manera madura; solo así se podrán encontrar nuevas alternativas y soluciones, y mejorará la calidad de las decisiones grupales. La ausencia de conflicto hace que a menudo se confunda la armonía con la falta de asertividad o la apatía.

La cuarta es que la principal riqueza de un equipo está en la diversidad de sus integrantes. Contrariamente a lo que se piensa, saber trabajar en equipo no es hacerlo a pesar de las diferencias, sino aprovechándolas. Al hacerlo, se alcanzará más fácilmente lo que cabe esperar de cualquier equipo con un alto desempeño: la sinergia, es decir, un resultado cuantitativa y/o cualitativamente diferente, y mejor, al que se hubiera logrado sumando simplemente las aportaciones individuales.

El equipo tiene que dar siempre algo más, y a lograrlo debe enfocar sus esfuerzos.