Archivo por días: noviembre 1, 2017

Responsabilidad

La cultura se entiende como una serie de significados compartidos que genera una percepción parecida de la realidad entre quienes los comparten, y consecuentemente, un patrón de comportamiento homogéneo.

Esto quiere decir que los contenidos mentales van a determinar la acción; cuando algo no forma parte del modelo mental que se ha creado en buena medida como resultado de la influencia de la cultura, es difícil concebirlo.

Hace varios años, un reportero de radio entrevistó al entonces entrenador del equipo olímpico alemán de natación y le preguntó, entre otras cosas, cuáles eran las sanciones que aplicaba cuando alguno de los atletas llegaba tarde a un entrenamiento. El entrenador contestó rápida y tajantemente: “No llegan tarde”. El reportero insistió con un par de preguntas más, referentes a qué haría en caso de que eso llegara a suceder, y la respuesta fue siempre la misma: “No llegan tarde”.

Este es un magnífico ejemplo de que, cuando algo no forma parte del modelo mental, simplemente no se le concibe. Clotaire Rapaille, psicólogo y antropólogo francés nacionalizado norteamericano, afirma en su libro “El verbo de las culturas” que el que define a la alemana es “obedecer”.

El modelo mental prevaleciente en nuestra cultura es, en este aspecto, mucho más relajado que el alemán: tan pensamos que las cosas pueden salir mal, o a destiempo, que a menudo así sucede. Desgraciadamente, aunque ha habido avances en los últimos años, la cultura de la informalidad sigue prevaleciendo entre nosotros, lo que ha contribuido a que nuestra fama en esta materia, tanto dentro como fuera de las fronteras, no sea la mejor.

Alguien comentaba alguna vez que la frase a la que más debemos temer en México es “¿Qué cree?”, porque siempre es el preludio a una mala noticia: o no estuvo el coche a tiempo, o se echó a perder la ropa en la tintorería, o no se resolvió el problema, o lo que quedaron de darnos no estuvo listo. Con los compromisos sucede lo mismo, de manera que ya se da por sentado que los eventos, sean laborales o sociales, empezarán siempre después de la hora señalada.

Cumplir es bueno 

Quizás en el fondo del problema está la falta de autodisciplina, así como la ausencia de respeto a los derechos ajenos. El hecho es que nos urge inculcar el sentido de responsabilidad, a fin de cumplir con los compromisos contraídos no solamente con terceros, sino también con nosotros mismos.

La mera aplicación de premios y sanciones puede reforzar las conductas deseadas e inhibir las no deseadas, pero siempre será un estímulo externo, cuando lo que se requiere es el convencimiento de que cumplir es bueno en sí mismo.

Desgraciadamente, este cambio no será fácil ni se dará en el corto plazo, porque el sentido de responsabilidad es algo que se desarrolla desde el seno familiar; adquirirlo después, ya en la vida adulta, necesitará de un esfuerzo reeducativo importante, cuyos resultados no siempre estarán garantizados. Sin embargo, la lucha tendrá que hacerse, porque este es uno de los “paretos” de la cultura: si se logra una transformación en este aspecto, muchos otros experimentarán también una mejora, empezando por las relaciones con los demás.

Si en nuestras organizaciones se trabaja en este sentido, los beneficios no se harán esperar. ¿Cómo hacerlo? Poniendo en práctica el principio de que la única forma de que las personas se sientan responsables por lo que hacen, es dándoles esa responsabilidad, a través de la autonomía y del facultamiento.

 

Si se rompen las dependencias, si se les hace ver claramente que serán evaluadas en función de lo que hagan y que lo que hagan depende de ellas, si se les dan los medios para que asuman esta responsabilidad y se les pide cuenta puntual de sus resultados, seguramente se fomentarán la autodisciplina, el compromiso y el cumplimiento de lo esperado.

 

Esto hace necesario un verdadero cambio de cultura, porque fomentar la autonomía implica por un lado desarrollar un liderazgo que permita y hasta exija que los colaboradores decidan y hagan lo que les corresponde, pero por otro requiere también que los colaboradores cuenten con las competencias necesarias para ello.

 

No se trata de “soltar” las decisiones de un día para otro, sino de emprender un camino que no necesariamente será corto, porque la dependencia viene desde siempre y por lo tanto está muy arraigada no solo en las organizaciones, sino prácticamente en todos los campos de la vida social, empezando por la familia.

 

Hay que reorientar el locus de control de fuera hacia adentro, es decir, lograr que las personas entiendan y asuman sus responsabilidades, sin enajenarlas en terceros, y acepten las consecuencias derivadas de su cumplimiento o falta de él. Ese es el gran cambio que tenemos que llevar a cabo en nuestro país.