Archivo por días: diciembre 14, 2017

El arte de decidir

Uno de los procesos más importantes que se dan en las organizaciones, sobre todo en una época y en un entorno como los que se viven hoy en día, es el de la toma de decisiones. A fin de cuentas, la vida de cualquier empresa, y hasta de cualquier persona, casi se podría definir como un constante optar entre dos o más alternativas de acción.

En las organizaciones, este proceso puede equipararse a la homeostasis, fenómeno que se da en los sistemas vivos que consiste en la constante recuperación del estado de equilibrio dinámico necesario para adaptarse a los cambios externos. Si el organismo no fuera capaz de responder de manera rápida y efectiva a los retos que le plantean las continuas transformaciones de su entorno, no podría sobrevivir.

Del mismo modo, las organizaciones, como sistemas sociales, y por lo tanto vivos, que son, requieren de mecanismos similares a la homeostasis, que les permitan actuar adecuadamente cuando se dan cambios en el suprasistema en el que están insertas, que les presentan amenazas u oportunidades.

Sin duda, el principal de estos mecanismos es el de la forma como se toman las decisiones en ellas, y saber hacerlo se ha convertido en todo un arte, del que bien puede depender su capacidad de supervivencia.

El proceso de toma de decisiones comprende varios aspectos importantes, como quiénes las toman, qué grado de facultamiento y de descentralización existe para tomarlas, qué métodos se utilizan para analizar la información y elegir la mejor opción, que tan rápido se hace esto, y cómo se evalúan y gestionan los riesgos, entre otros.

Sin embargo, pese a lo crítico que resulta este proceso, pareciera que en muchas organizaciones no se le presta la debida atención, y se deja que se lleve a cabo casi al azar: no hay lineamientos claros para tomar decisiones, no están bien definidos los responsables de hacerlo, y no hay un entrenamiento formal para aprender a tomar decisiones efectivas.

Aunado a lo anterior, existen varios sesgos, o prejuicios (en inglés se conocen como “biases”) que son muy comunes en las personas, que hacen que se tomen decisiones de manera ilógica, lo que consecuentemente deriva en errores que pueden resultar muy costosos.

Perder la objetividad

Uno de ellos, conocido como “sesgo de confirmación”, consiste en ver aquello que confirma nuestra creencia y discriminar lo que va en contra de ella. Por ejemplo, si se trata de decidir si se lanza al mercado un nuevo producto al que se le tiene mucha fe, este sesgo podría hacer que se tome en cuenta la información que es favorable a nuestra intención, y se pase por alto la que no le favorece, por importante u objetiva que sea.

En pocas palabras, es perder la objetividad (lo que, por cierto, es muy común a la hora de evaluar a la persona por la que nos inclinamos para que sea nuestra pareja).

Otro sesgo es la tendencia a precipitarse en la decisión, utilizando solo la información obtenida al inicio del proceso, es decir, basándose en la primera impresión, en vez de hacer un análisis más detallado de ella y dándole el tiempo necesario. Se da cuando o somos muy desesperados, o nos da flojera pensar, o nos sentimos presionados por la situación o por terceros.

También está el exceso de confianza en uno mismo, en su experiencia, en su capacidad, en sus opiniones. Esta puede ser un arma de dos filos, ya que en algunos casos puede hacer que la persona se arriesgue y gane, pero también puede dar como resultado, lo que sucede no pocas veces, que se tomen decisiones erróneas por no haber considerado la información disponible.

Nótese que el problema no es confiar en la propia capacidad para decidir, sino el que esta confianza se vuelva excesiva; entonces, la persona, más que mostrar seguridad, demuestra arrogancia, y la arrogancia nunca ha sido una buena consejera.

Tenemos también la “falacia del jugador”, que es la creencia de que los eventos del pasado influirán en el futuro. Se le llama así porque muchos de los apostadores piensan que si ya han tenido una mala racha, seguramente la siguiente vez el resultado les será favorable, olvidando que cada vez que se juega las probabilidades vuelven a ser del 50/50.

En los negocios este sesgo es tan común como peligroso. No hay que olvidar que vivimos en un entorno altamente incierto, y nada garantiza que las cosas serán como creemos, basados en nuestras experiencias pasadas.

Es mucho lo que se ha investigado y escrito sobre la toma de decisiones, y muchas también son las herramientas que se han desarrollado para mejorar esta habilidad. Sería muy conveniente que las organizaciones le dieran la importancia que tiene, por su propio beneficio.